
El “Club Atlético José Salvador Stuppia”, más conocido como “Municipales”, tuvo en pocos años un crecimiento tan acelerado que ya no parece un club sindical. Parece una desarrolladora inmobiliaria con camiseta.
En menos de una década adquirieron un predio, levantaron una pileta enorme, construyeron dormis, cancha principal, auxiliares, vestuarios, salón, forestación, compraron maquinaria para mantenimiento y además sostienen profesores, planteles de primera división y viajes para competir fuera de la ciudad.
Todo eso mientras el empleado municipal apenas puede llenar el changuito sin sacar cuentas con la calculadora del celular. Una postal muy de época: el afiliado contando monedas y el sindicato inaugurando obras como si fuera Dubai.
La pregunta cae sola: ¿De dónde sale semejante flujo de dinero?

Porque las rendiciones de cuentas parecen hechas al estilo AFA vieja escuela: se levanta la mano, todos aprueban y siga siga. Mucha solemnidad, poca explicación
A esto se suma la mutual, que maneja millones de pesos mensuales. Y sin embargo, los municipales siguen pagando medicamentos casi al mismo precio que cualquier vecino en una farmacia común. Poco descuento, mucho relato.
El club como espacio social puede ser una buena idea. Nadie discute eso. El problema es otro: hoy al trabajador municipal no le sobra nada. Quiere mejores sueldos, no canchas con nombre de dirigentes sindicales.
Porque mientras se inauguran obras, el afiliado sigue viendo cómo llegar a fin de mes.
Y encima todo queda orbitando alrededor de dirigentes eternos, como Marcelo Díaz, denunciado varias veces por violencia de género. Pero en ciertos sectores del sindicalismo parece que mientras entren cuotas, los antecedentes pasan a ser un detalle administrativo.
Y como si faltara algo para completar el cuadro de egocentrismo sindical, la cancha principal lleva el nombre de “José Salvador Stuppia”. Sí, el propio líder sindical bautizando las instalaciones con su nombre mientras los afiliados hacen malabares para llegar a fin de mes. Una especie de monarquía gremial versión local.
Otro dato que hace ruido: muchos municipales cuentan que mandar a sus hijos a la colonia de vacaciones cuesta casi lo mismo que en otros clubes privados. O sea: ponen la cuota, sostienen la estructura… y después pagan prácticamente igual que cualquiera.
Entonces aparece la pregunta incómoda:
¿Cuáles son los beneficios reales de ser afiliado?
Porque el municipal promedio hoy no sueña con dormis ni con una cancha auxiliar. Sueña con poder irse una semana de vacaciones sin endeudarse. Tal vez tendría más sentido invertir en hoteles, convenios turísticos o beneficios reales para el trabajador. Pero claro, eso no corta cintas ni queda lindo en las fotos.
Y mientras tanto sigue vigente la famosa “cuota solidaria”. Esa maravilla del sindicalismo moderno donde te descuentan plata aunque jamás hayas dado consentimiento real. Plata que sale del bolsillo de afiliados y no afiliados para sostener una estructura que pocos controlan y muchos padecen.
La última pregunta también incomoda:
¿En qué momento se rinden esas cuentas?
Porque el Ejecutivo municipal tiene la facultad de exigir explicaciones sobre esos fondos. Y sin embargo, mira para otro lado con una tranquilidad conmovedora. Debe ser agotador controlar algo cuando uno está tan ocupado administrando relato.
Lo más llamativo es otra cosa: en Olavarría existen sindicatos históricamente fuertes como AOMA, CECO o Luz y Fuerza. Ninguno tiene semejante despliegue edilicio y deportivo. Pero curiosamente, muchos de ellos ofrecen más beneficios concretos al afiliado que este aparato sindical municipal.
Entonces la duda ya no es deportiva.
Es política.
Y también financiera.
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