
Este lunes 23 de febrero la ciudad amaneció con filas de más de 150 metros frente al arroyo. No se regalaba ningún choripán con coca barata ni se sorteaban entradas para peñas baratas. No. La fila era para inscribirse en cursos en el Instituto de Formación Profesional (Escuela Piloto). Sí, en serio: una fila interminable de vecinos que decidieron apostar por capacitarse, aprender un oficio y construir futuro con sus propias manos.

Hay una señal potente en esa imagen. Una sociedad que, después de años de anestesia cultural, parece estar redescubriendo algo elemental: el país y la vida se construyen con trabajo, formación, mérito, esfuerzo y ganas. No con atajos mágicos. No con relatos. No con subsidios eternos como proyecto de vida.
Esto ocurre tras dos años de gobierno de Javier Milei. Casualidad o causalidad, cada uno sacará sus conclusiones. Lo cierto es que en la ciudad no se veía algo así desde hace décadas. Décadas marcadas por el daño profundo del modelo que le vendió a millones la fantasía de que se podía vivir sin trabajar, que el mérito era una mala palabra, que el futuro no importaba y que el Estado debía resolverte todo mientras vos dormías hasta pasado el mediodía.
Y mientras la gente hace fila para progresar, el camporismo local (versión doméstica de La Cámpora) sigue en su microclima ideológico. Una banda de rufianes con el intendente Maximiliano Wesner a la cabeza, manejado por el titiritero César Valicenti y la cobra venenosa Mercedes Landívar, intentando sostener a toda costa en la ciudad el viejo estilo kuka: dependencia, relato y pobreza administrada.
Pero la realidad, esa cosa incómoda, a veces se impone. Y cuando más de 150 metros de personas deciden que quieren aprender y trabajar, el mensaje es clarísimo: la cultura del esfuerzo está volviendo. Y eso, para algunos, debe ser la peor noticia posible.
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