
Dicen que todo empezó en Olavarría, cuando Luke era chico y ya tenía un don especial: mentir sin transpirar. En la escuela relataba hazañas imposibles, objetos invisibles, fortunas imaginarias. Nadie lo frenó. Ni siquiera esa tía que podría haberlo hecho. Spoiler: no lo hizo.
El tiempo pasó y el talento evolucionó. Ya no era solo mitomanía: era mitomanía con facturación. Mentir quedó chico. Empezó a estafar. Combo explosivo 💥
Desarmó un multimedios como quien rompe un juguete ajeno. Cheques sin fondo repartidos como volantes. Negocios inmobiliarios que nunca llegaron a los cimientos. Offshore por acá, títulos por allá, acciones que solo cotizan… en su cabeza.
Según Luke, es casi accionista mayoritario de La Bombardier. Tiene Coca-Cola en el bolsillo. Mindlin sería su cadete para quedarse con Loma Negra. Almuerza con Paolo Rocca y está a nada de quedarse con media Siderar.
Las acciones con los Pérez Companc las vendió porque “no rendían”.
La realidad, en cambio, le debe a cada santo una vela.
Inhibido. Sin poder pagar el alquiler de los galpones donde funciona, desde hace 15 años, un emprendimiento ferial que resiste más por costumbre que por milagro.
No tiene una sola parcela en Loma de Paz donde caerse muerto.
Luke Towers es un desafío para la psicología y la psiquiatría.
La ciencia todavía no logra explicar cómo aquel niño fabulador terminó convertido en un hombre calvo, de ojos celestes (que no se sabe bien si son de él), atrapado en su propia novela.
Un cuento.
Una ciudad.
Y una moraleja simple: cuando nadie frena la mentira, la mentira cree que es verdad.

𝙾𝚀𝚂 | 𝚅𝚎𝚌𝚒𝚗𝚘𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚘 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚛𝚊𝚗 𝚛𝚎𝚕𝚊𝚝𝚘𝚜
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