
En Olavarría ya no hace falta buscar estadísticas. Basta con leer los titulares de cualquier semana. O cualquier día. O cualquier madrugada. Aparecen siempre las mismas palabras, como un mantra siniestro: apuñalado, adolescente, pelea, arma blanca, terapia intensiva.
Chicos de 14, 15, 17 años. Pibes que deberían estar pensando en otra cosa. En estudiar, en trabajar, en enamorarse, en vivir. Pero no. Están peleando por “enconos de larga data”, emboscados en una esquina, apuñalados en una panadería, heridos en el cuello en pleno centro, atacados en zonas de bares, durante festejos, durante la nada misma.
Uno comía un sándwich. Otro brindaba por Año Nuevo. Otro caminaba. Otro simplemente estaba.
Mientras tanto, el relato oficial insiste en que “la noche fue tranquila”. Que hubo “tumultos menores”. Menores… como si una puñalada en la espalda fuera un detalle. Como si una lesión medular fuera una estadística incómoda. Como si perder la movilidad fuera parte del paisaje urbano.
La delincuencia dejó de ser una excepción para convertirse en rutina. Robos a golpes. Vidrios rotos. Armas blancas. Armas de fuego. Menores armados, adultos ausentes, controles inexistentes. Una ciudad donde cualquiera puede terminar herido por estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada. O peor: en el lugar de siempre.
Y mientras las familias marchan, lloran y rezan por cirugías, desde el poder se mira para otro lado. No hay prevención. No hay presencia. No hay respuestas. Hay comunicados tibios y discursos reciclados.
Olavarría no está en crisis. Está abandonada. Y cuando el Estado se borra, la violencia ocupa su lugar sin pedir permiso.
No es sensación. No es exageración. Son hechos. Son nombres. Son chicos.
Y son heridas que no cierran con slogans.
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