
Hablan de justicia social, pero viven como si la imprimieran ellos
En la Municipalidad están, por un lado, los empleados: los que ponen el cuerpo, los que cobran sueldos que dan vergüenza, los que hacen milagros para pagar alquiler, comida y servicios.
Y después, en los despachos donde el aire es más tibio y el ego más grande, están los iluminados que descubrieron que ser funcionario es, al parecer, un pase directo a una vida que jamás podrían pagar sin un cargo.

Porque ahora se sabe:
👉 El que compró terreno en un barrio privado no es un emprendedor exitoso ni un heredero. Es un director del Palacio San Martín, un militante del discurso igualitario que pasó de hablar de “pueblo” a hablar de “lote” sin escalas. Ese salto social que los empleados no dan ni juntando tres sueldos por década.
👉 La directora que presume conciencia de clase alquila un semipiso en uno de los edificios más exclusivos del centro. Exceso de habitaciones, exceso de baños, escritorio, vestidor, dependencias de servicio. Todo muy nacional y popular.
Pero claro, conciencia de clase no significa vivir como tu clase.
Significa hablar de pobres mientras vivís como rica, no confundamos.
👉 Y ahí entra su amiga —también directora— que además del mismo glamour edilicio, luce un reloj Garmin que un municipal no compra ni en dos aguinaldos.
Y sí, tanto ella como la directora “progre” comparten un gusto muy particular: una colección de carteras que está bastante lejos de la categoría “clase económica”. Nada de bolsitos baratos: hablamos de piezas que parecen recién sacadas de un duty free premium.
Y después están los cambios de look.
Porque de repente todos, absolutamente todos, se vistieron con marcas que antes solo veían de reojo en las vidrieras.
Ese amor súbito por el cuero importado, por las zapatillas de diseñador, por la ropa que grita “no soy como ustedes”.
Parece que junto con el cargo les llegó el upgrade estético que siempre desearon pero nunca pudieron pagar.
Aunque nada supera la metamorfosis de la directora “hippie de conservatorio”.
La misma que hasta hace poco militaba la simpleza, el mate frío y la ropa de feria americana, hoy aparece manejando una 4×4 cero kilómetro, con un guardarropa que parece patrocinado por marcas que antes ni sabía pronunciar.
Ayer bohemia, hoy clase alta exprés. Una transformación tan repentina que ni la música tiene un cambio de ritmo tan brusco.
Y ahí se suma otra perlita más, digna de archivo:
la directora que pasó del barrio 104 Viviendas —donde varios comentan que la casa ni siquiera era formalmente suya, que la habitaba “de hecho” más que de derecho— a instalarse de un día para otro en el exclusivo y nada sencillo barrio Prado Español.
Un salto inmobiliario que no admite comparación: de un barrio donde la mayoría pelea por llegar a fin de mes, a uno donde las expensas valen más que el sueldo de un municipal.
Un ascenso que no figura en ninguna declaración, pero sí en el mapa de los privilegios.
Y ahí surge la única pregunta honesta posible:
¿De dónde sale la plata?
¿Del cargo?
¿De un sueldo que, aunque bueno comparado con el del empleado municipal, tampoco es para vivir como estrella de catálogo?
Ni hablar.
Lo más insultante es la hipocresía:
Predican justicia social mientras disfrutan privilegios que jamás tendrían sin el poder.
Viven como aquello que juraron combatir.
Son el espejo exacto de todo lo que criticaron durante años.
Y ahora queda claro:
No odiaban a nadie. Odiaban ser pobres.
El resentimiento clasista era puro deseo con disfraz de indignación.
Ahora que el poder les abrió las puertas, se sacaron la careta y entraron corriendo.
Mientras tanto, los empleados municipales, los que sostienen todo, los que realmente trabajan, están más pobres que nunca.
Pero tranquilos: los funcionarios siempre van a hablar de igualdad… desde sus casas nuevas, sus barrios privados, sus ropas caras, sus carteras de lujo, sus relojes Garmin y sus autos recién estrenados.
Eso sí: el discurso sigue intacto.
Porque la justicia social, cuando la dan otros, siempre es más linda.
𝙾𝚀𝚂 | 𝚅𝚎𝚌𝚒𝚗𝚘𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚘 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚛𝚊𝚗 𝚛𝚎𝚕𝚊𝚝𝚘𝚜