
La Legislatura bonaerense volvió a regalarnos otro espectáculo de acomodamientos con coreografía propia. Esta vez, la votación para el Consejo General de Educación de la Dirección de Cultura y Educación bonaerense. Ese organismo clave del que nadie habla hasta que los resultados saltan por el aire y los chicos llegan a la secundaria sin entender un párrafo seguido.
Entre los nombres votados aparece uno que merece mención especial: Valichanti, flamante Consejero General de Educación. No por trayectoria académica. No por experiencia en gestión educativa. Llega por algo mucho más valorado en la provincia de Buenos Aires: militancia en La Cámpora, el partido que convirtió al Estado en una agencia de empleo para fieles.

La política bonaerense ya ni se sonroja. El acomodo se exhibe como patrimonio cultural. Título universitario: accesorio decorativo. Conocimiento del sistema educativo: prescindible. Lealtad partidaria: excluyente. En el esquema camporista, saber es secundario; obedecer es lo central.
Mientras el sistema educativo se cae a pedazos, los mismos de siempre festejan cargos nuevos. No importa el rol ni la responsabilidad. Importa entrar. Después se improvisa. Y si no se sabe, no pasa nada: la educación pública hace años funciona como un experimento social sin consentimiento.
Los chicos avanzan en la primaria sin leer de corrido y egresan sin comprender lo que leen. Lejos de ser una alarma, parece parte del plan. Un ciudadano crítico molesta. En cambio, un votante dócil, agradecido y dependiente resulta mucho más útil. El deterioro educativo no es casualidad: es una política sostenida, silenciosa y perfectamente funcional al modelo de La Cámpora.
Olavarría no es una excepción. Es la versión local de este mismo esquema: currículums invisibles, funcionarios decorativos y cargos repartidos como souvenirs partidarios. No muestran proyectos, muestran banderas. No compiten por ideas, compiten por pertenecer.
El costo real lo pagan los chicos. Mientras algunos coleccionan sillones y sellos oficiales, los pibes salen al mundo sin herramientas básicas. La educación, que debería ser el espacio de mayor exigencia, terminó convertida en botín político.
Este capítulo queda, otra vez, con final abierto. La política se acomoda. Los docentes resisten. Las familias improvisan. Los chicos siguen sin leer.
Y el único currículum que vale es el de la militancia.
El de la educación, como siempre, queda para después.
𝙾𝚀𝚂 | 𝚅𝚎𝚌𝚒𝚗𝚘𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚘 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚛𝚊𝚗 𝚛𝚎𝚕𝚊𝚝𝚘𝚜.
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