
Dicen que en el reparto celestial de virtudes municipales hubo un pequeño accidente administrativo. Nada raro: hasta en el cielo parece que se les traspapelan los expedientes. A cada municipio le tocaron dos virtudes. Algo equitativo, prolijo, casi aburrido.

Pero cuando llegó el turno de Olavarría, algún ángel becario apretó mal el botón y cayeron tres: honestidad, inteligencia y camporismo. Un bonus track. Un DLC. Un error de sistema que jamás fue parchado.
El resto de los municipios, obviamente, estalló. Grititos, quejas, drama. Y ahí Dios, en modo funcionario cansado, aclaró: “Sí, puede tener tres… pero solo usar dos por vez”. Un castigo tan poético como cruel, casi tan prolijo como un expediente que nunca llega a la mesa de entrada.
A partir de ahí, Olavarría quedó atrapada en un dilema que ni la mejor consultora podría vender como “plan estratégico”:
• Camporista + inteligente = chau honestidad
• Camporista + honesta = chau inteligencia
• Honesta + inteligente = chau camporismo
Una especie de sudoku moral que cada gobierno municipal intenta resolver como puede… y casi siempre termina dibujando números en las casillas para que cierre.
Mientras tanto, la ciudad observa este sainete teológico como quien observa una obra prometida: linda en el render, sospechosa en la vida real.
Al final del día, Olavarría vive con tres virtudes, pero siempre le falta una. Como si tuviera un don municipal intermitente, un superpoder con batería floja, un milagro incompleto firmado por la burocracia divina.
𝙾𝚀𝚂 | 𝚅𝚎𝚌𝚒𝚗𝚘𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚘 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚛𝚊𝚗 𝚛𝚎𝚕𝚊𝚝𝚘𝚜.
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