Puentes construidos hace décadas, en épocas de bonanza. Cuando Olavarría era pujante, ambiciosa y miraba hacia adelante. Cuando hacer obra pública no era inaugurar carteles, cambiar nombres o sacarse una foto: era hacer ciudad.
Y quizás esos puentes fueron construidos en aquella misma Olavarría en la que los concejales producían. Concejales respetados más allá de su ideología. Hombres y mujeres que discutían, se enfrentaban, negociaban y, fundamentalmente, legislaban.
Hoy asistimos al triste espectáculo de una ciudad que se deteriora y a un Concejo Deliberante que parece haberse unido por una curiosa coincidencia: el espanto de la mediocridad.
De un lado y del otro.
Veinte personajes devenidos en una suerte de liendres productoras de nombres de puentes construidos por otros.
Cero capacidad legislativa.
Cero intuición.
Cero oído para escuchar los verdaderos problemas de una ciudad que se desliza lentamente hacia la deriva.
Y, por supuesto, una venda cuidadosamente colocada sobre los ojos para no ver lo evidente.
Mientras tanto, mudos ante el poder camporil, nuestros ediles parecen haber descubierto que el gran problema de Olavarría no es la inseguridad, el deterioro de los servicios, la falta de planificación, el estado de las calles, la salud, la producción, el empleo o el futuro de la ciudad.
No.
El gran problema es cómo se llama un puente.
Así apareció el bloque del Frente de Todos con su propuesta para bautizar como Puente Mazzeo al de la avenida Necochea.
Un intento bastante transparente de premiar a un obsecuente.
Aunque, seamos sinceros, podrá llamarse Mazzeo, Perengano o Fulano. Para los olavarrienses seguirá siendo, como desde siempre, el puente de la Necochea.
Después apareció la edila de labios carmesí con su avanzada para bautizar el puente de Colón como Papa Francisco.
Sí. La misma edila de los buñuelos, de los ponchos, sombreros, capas, capelinas y demás accesorios con los que desfila por cuanto escenario encuentra disponible.
Una pregunta, con absoluto respeto institucional:
¿Qué tal si la doña se arremanga y produce algún proyecto verdaderamente interesante?
Alguna innovación legislativa.
Alguna idea que transforme algo.
Algún proyecto que mejore concretamente la vida de los olavarrienses.
Y, si nada de eso resulta posible, siempre queda la gastronomía: quizá una receta inédita de buñuelos que la lleve directamente a MasterChef.
Pero no terminó allí.
Poco después apareció Adela con su proyecto para que el mismo puente de Colón llevara el nombre de Capitán de Corbeta Diego Wagner Clar.
Y acto seguido apareció el bloque de La Libertad Avanza con otra propuesta: Dr. Ángel Pintos.
Una auténtica carrera contra el ingenio.
Una especie de Gran Hermano de los nombres de puentes.
Todos queriendo dejar su pequeño granito de posteridad sobre una obra que no hicieron ellos. Porque ahí está el verdadero problema.
Nuestros concejales terminaron convertidos en arqueros desmayados: deberían ser puentes entre los problemas reales de la ciudad y las soluciones creativas, pero terminaron mirando hacia atrás, disputándose el nombre de estructuras que fueron construidas por generaciones anteriores.
Y hay algo todavía más curioso.
Si tuvieran un mínimo de ojo clínico, advertirían que el puente de Colón y Pringles tiene, en realidad, un solo nombre posible.
Don Helios Eseverri… Sí!
Aquel tambero con sexto grado.
Aquel hombre que llegó a ser concejal de cepa, cuatro veces intendente y gobernador.
El hombre que soñó una Olavarría y tuvo la audacia —esa palabra que hoy parece extinta— de hacerla realidad.
Ese mismo hombre que se enfrentó a propios y ajenos para hacer obras.
Que buscó cómo financiarlas.
Que consiguió cómo pagarlas.
Y que entendió algo elemental que parece haberse perdido: una ciudad no se gobierna poniéndole nombres a las obras de los que gobernaron antes.
Se gobierna construyendo las próximas.
Quizás ese sea el verdadero homenaje que Olavarría debería hacerle a sus próceres.
No ponerles sus nombres a los puentes.
Construir otros.
Porque mientras nuestros concejales discuten quién se queda con la placa, Olavarría necesita que alguien se ocupe de construir el puente entre la ciudad que fuimos y la ciudad que todavía podemos ser.
Concejales de Olavarría:
pónganse a trabajar.
De verdad.
Con genuinidad.
Con ideas.
Con coraje.
Con justicia.
Y, sobre todo, con algo que parece haber quedado olvidado: la obligación de estar a la altura de la ciudad que representan.